Cuando era pequeña, las vacaciones de verano significaban una sola cosa: descansar del colegio y disfrutar. Os hablo desde los recuerdos de una niña de diez años que vivía cerca de la playa y pasaba los días entre baños y juegos en el patio del barrio. Qué maravilloso era ser niña: inocente, ajena a las preocupaciones del mundo.

Últimamente, y sobre todo esta temporada de incendios, los Agentes Forestales y Medioambientales, hemos cambiado las carpas de los festivales por las carpas de Puesto de Mando Avanzado, las cenas románticas a la luz de la luna, buena música y velas, por bocadillos fríos, sonido de sirenas y puntos incandescentes que se vislumbran en la oscuridad de la noche.

Hoy os hablo como presidenta de la Asociación Española de Agentes Forestales y Medioambientales (AEAFMA). Y mi realidad ya no tiene nada que ver con aquella infancia. Donde antes había ilusión, hoy hay preocupación. Donde antes había juegos, hoy hay impotencia, tristeza y rabia. Pero también hay un inmenso orgullo por todos mis compañeros y compañeras, que están entregándolo todo para hacer frente a los devastadores incendios forestales que están castigando nuestro país.

Castilla-La Mancha, Castilla y León, Madrid, Cataluña, Andalucía, cómo no, Los Gallardos, en Almería. El verano apenas ha alcanzado su ecuador y ya vivimos una campaña dramática, con miles de hectáreas calcinadas y, lo más doloroso de todo, la pérdida de vidas humanas. Porque ningún incendio merece una vida.

El año pasado ya fue una advertencia. Muchos lo vimos venir. Las abundantes lluvias del invierno y la primavera favorecieron un crecimiento extraordinario de la vegetación. Esa vegetación, cuando llega el calor extremo, se convierte en combustible. Si a ello le sumamos altas temperaturas, baja humedad, olas de calor, viento y una orografía complicada, obtenemos el peor escenario posible para un incendio forestal.

Cada vez que me preguntan si el cambio climático tiene algo que ver, respondo que no podemos mirar hacia otro lado. Los veranos llegan antes, duran más y son más extremos. Los episodios meteorológicos son cada vez más intensos. La naturaleza nos está enviando señales muy claras y debemos escucharlas.

Pero no todo depende del clima.

Nuestros montes necesitan más gestión y más prevención. Existe una enorme acumulación de biomasa, la actividad ganadera ha disminuido, miles de hectáreas agrícolas han sido abandonadas y la continuidad del combustible vegetal facilita que un incendio avance sin apenas obstáculos. La prevención sigue siendo la gran asignatura pendiente.

El papel de las administraciones es fundamental mediante la elaboración y aplicación de planes de prevención de incendios y de autoprotección. Del mismo modo, los particulares y la ciudadanía tienen la responsabilidad de cumplir la normativa vigente, hacer un uso adecuado de la maquinaria y disponer de los medios de prevención necesarios. En definitiva, todos somos actores imprescindibles en este escenario y compartimos la responsabilidad de prevenir los incendios, llamo a una responsabilidad solidaria "pro" del monte, nuestros montes, ¿Dónde quieres llevar a tus hijos de vacaciones el próximo año?

Y, mientras tanto, los profesionales seguimos trabajando con plantillas claramente insuficientes. En muchos servicios apenas se cubre el 50 % de los efectivos necesarios. Es imposible atender el 100 % de las necesidades con la mitad del personal. Aun así, seguimos estando donde debemos estar. Para tener un CUERPO DE AGENTES FORESTALES Y MEDIOAMBIENTALES que siga velando por el territorio, nuestros montes, nuestros bosques, con su flora y su fauna, necesitamos una formación continua actualizada, medios materiales y técnicos,

Porque esto no es simplemente una profesión.

Es vocación.

Es compromiso.

Es servicio público.

Llevo veinte años como Agente Medioambiental y nunca había vivido una situación como la que estamos atravesando. Como muchos compañeros, siento una enorme preocupación por el futuro de nuestros montes. En cada incendio no solo está en juego un espacio natural. También pueden estar nuestros compañeros, nuestros amigos, nuestras familias, los vecinos, los animales y un patrimonio natural que pertenece a toda la sociedad.

Para nosotros, el monte no es un paisaje. Es parte de nuestra vida. Lo conocemos, lo protegemos y lo sentimos como algo propio. Ver cómo desaparece en unas horas un ecosistema que tardará décadas en recuperarse provoca una tristeza difícil de explicar. Algunos de esos montes jamás volveremos a verlos como los conocimos.

Quiero reconocer públicamente el extraordinario trabajo de todos los profesionales que intervienen en las emergencias: Bomberos Forestales, Unidad Militar de Emergencias (UME), Bomberos, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, agrupaciones de Protección Civil, personal sanitario y demás servicios de emergencia, así como todas las personas que, desde diferentes ámbitos, luchan contra el fuego.

Pero también quiero recordar algo que demasiadas veces se olvida.

Los Agentes Forestales y Medioambientales estamos presentes los 365 días del año. Antes, durante y después de cada incendio. Vigilamos, prevenimos, investigamos, protegemos, informamos, denunciamos cuando es necesario y acompañamos la recuperación de nuestros montes. Conocemos cada rincón de nuestros territorios y a las personas que viven en ellos.

Somos funcionarios públicos al servicio de la ciudadanía.

Somos Agentes de la Autoridad.

Somos Policía Administrativa Especial y Policía Judicial Genérica, tal y como nos nombra nuestra Ley 4/2024 de 8 de noviembre.

Y somos una pieza esencial en la protección del patrimonio natural.

No pedimos medallas.

No buscamos protagonismo.

Solo exigimos algo tan sencillo como justo: respeto, reconocimiento y que no se invisibilice nuestro trabajo.

Porque detrás de cada uniforme hay profesionales altamente cualificados que aman profundamente la naturaleza y que están dispuestos a darlo todo por protegerla.

Ojalá nunca tengamos que lamentar una tragedia aún mayor para que, por fin, la sociedad y las administraciones comprendan el valor de quienes dedicamos nuestra vida a defender el monte.

Ojalá nunca más las poblaciones cercanas tenga que sufrir esas evacuaciones tan traumáticas, entre miedos, angustia y muchos nervios.

Ojalá nunca más la fauna tenga que huir despavorida, sin refugio ni alimento. Y ojalá nunca queden atrás los animales que no pudieron escapar, porque eso significará que el fuego no les dio ninguna oportunidad de sobrevivir.

Ojalá nunca volvamos a sentir ese vacío que queda después de un gran incendio, donde los colores se desvanecen, el olor te recuerda la traumatica experiencia vivida.

Proteger el monte es proteger la vida y a quienes la cuidan; eso es el AMOR en su sentido más pleno.

 

Fdo: lngrid Guerrero